¿Y si hacemos algo?

La Sexta reconstruida
Sexta llena de ventas

No puede ver algo bonito porque lo arruina.

Esa frase vino a mi mente cuando recorrí­ La Sexta en mi camino a la oficina. Fue claro que la manifestación del 20 de octubre hizo su recorrido por la conocida avenida. Las pintas recientes demostraban el descontento a la inversión realizada para su reconstrucción. En el piso recién pavimentado se leía “Necesitamos educación, no calles burguesas”.
A pesar de que las pintas tienen su razón hasta cierto punto, no veo qué de positivo pueda haber en estropear un paseo del que se está intentando recuperar su belleza.

Durante este tiempo he visto opiniones, demasiadas en contra, sobre la reconstrucción y cambios que sufrió la sexta avenida. Que si los comerciantes iban a sufrir pérdidas, que se perdía la tradición de sextear, etc. Me pregunto cuántos de los que se oponían eran clientes o transeúntes frecuentes del lugar.
Desde hace un año esa se convirtió en mi ruta casi ineludible.

Durante los trabajos

Antes que mudaran todas las ventas a la Plaza el Amate, la Sexta daba la impresión de ser un lugar tenebroso, lleno de gente. Además del miedo que te daba que en cualquier lugar te podrían arrinconar para asaltarte, también estaba el temor de que en tanto apretujón al querer pasar entre la gente te bolsearan sin que te dieras cuenta. Los carros que no respetaban a los transeúntes y viceversa.

Cuando comenzaron los trabajos de reconstrucción era incómodo pasar por allí. Los zapatos y el pantalón quedaban hechos un asco porque entre el polvo y la lluvia formaban un lodazal y aún si solo cruzabas por la sexta para pasar de la séptima a la quinta, era seguro que te manchabas. Por esos días, los comercios sufrieron mucho porque aparte de que costaba mucho acceder a ellos por el trabajo de aceras, toda su mercancía se cubría de un polvillo fino que había que sacudir a cada rato. Sin embargo, caminar por allí era ya un poco más agradable.

La Sexta reconstruida

Ahora que ya es transitable, ya casi han terminado los trabajos (al menos el tramo que yo frecuento), la sexta es completamente otra. Los mayores dicen que así­ era la sexta antes, cuando no la habían invadido las ventas.

A las seis de la tarde se puede ver a mucha gente caminando tranquilamente, amigos platicando mientras “sextean”, los comercios que antes veí­a cerrados ahora abren hasta un poco más tarde.
Se puede apreciar la belleza de los edificios del centro histórico, se descubren lugares preciosos, cafés y restaurantes a los que antes no te hubieras atrevido a ir.
Poco a poco se está volviendo un paseo cultural. El organillo tocando como en días de antaño, algunos jóvenes aprovechando a ganar dinero mientras tocan un par de canciones con su guitarra…

Pero quien frecuenta la sexta se habrá dado cuenta de otro cambio importante. En las últimas semanas he advertido la presencia de un mayor número de turistas que ahora recorren el centro histórico con más tranquilidad. Aparte de recuperar el espacio para la gente de la capital, también atrae al turismo.

Hay quienes protestan por estos trabajos ya que hay cuestiones más importantes que atender por parte de la municipalidad. Todos nos hemos tenido que enfrentar con baches enormes o con aceras intransitables en cualquier otro lado de la ciudad. No está mal expresar aquello con lo que se está inconforme, porque es una forma de actuar para obtener soluciones.

Sin embargo, no debería usarse como medio de expresión estas actitudes destructivas que lejos de provocar un cambio sólo entorpecen más el objetivo de los pocos trabajos positivos que ahora tenemos aunque las prioridades de la municipalidad no están muy acertadas.

No podemos reconstruir un país si nos enfocamos en destruir lo que tenemos sólo porque no nos parece. Al contrario, si en verdad queremos un cambio debemos encontrar una forma más positiva de actuar. No quedarnos callados es una buena manera, denunciar las anomalías, exigir soluciones, etc.

He puesto este ejemplo, pero hay muchos otros, como los bloqueos de calles y carreteras que perjudican la productividad. Me parece que el concepto de “hacer algo” y la intención de las huelgas y protestas se ha deformado demasiado.

Si queremos un cambio, debemos comenzar por hacer algo, por pequeño que sea, por irrelevante que parezca. Quizá, no tirar la basura en la calle. “Pero si para eso hay barrenderos puestos por la muni, pagados con nuestras multas” le escuché decir a alguien. Pero los barrenderos no están las 24 horas en el mismo lugar y sobre todo en época de lluvias, la basura se acumula en los tragantes y luego las calles se convierten en ríos en los que muchos peatones pierden la salud. También se invertiría mucho menos tiempo en el mantenimiento de alcantarillado que se podrí­a aprovechar en el bacheo.

Qué tal manejar con responsabilidad y cortesí­a. Si todos respetaran las reglas de tránsito, no sólo para evitar multas sino procurando mantener el orden siempre. Porque nunca faltan los accidentes automovilí­sticos que bloquean alguna arteria y hacen que cientos de personas lleguen tarde a sus lugares de trabajo y estudio. O en las horas pico, cuando apenas avanza el tráfico, no falta el que bloquea una intersección porque aún sabiendo que no iba a poder pasar, siguió avanzando hasta entorpecer el paso. También, sumado al ejemplo de la basura, no faltan los que pasan a toda velocidad por un charco, empapando a quienes van a pie. Si observamos la reacción en cadena, cada persona que cae enferma por estos charcos y empapadas podría ser una persona que debe ir al IGSS o a un hospital público, abarrotando más las salas de espera.

La perseverancia en cualquiera que sea el cambio que elijas realizar es pieza clave para tener éxito. Si comienzas, pero te rindes a las dos semanas porque todos los demás siguen tirando basura en la calle o manejando mal, jamás habrá un cambio visible. Un hábito es algo difícil de formar o difícil de perder, sobre todo si no se refuerza con el ejemplo de alguien que lo ha logrado. Si estos pequeños movimientos se van contagiando y manteniendo, entonces ya se notará el cambio.

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